Cuentos y Relatos
"Una pequeña historia de amor"
por Javier N. Larré Oroño
Aquella mañana el sol brillaba de una forma especial. Paco se había
levantado temprano, demasiado para un sábado, y después de un desayuno rápido
y ansioso salió para la cochera, llevando aún consigo la modorra de la noche
esculpida en su cara.
Camino al río, veía como las hojas ya resecas y a punto de caer, ondeaban
en las ramas del otoño. Era una mañana algo fría pero diáfana, con un sol
radiante y una brisa vigorizante.
Mientras escuchaba música en el auto, no podía contener un
alud de recuerdos inundando su tórax sensible, que sin embargo resistía
estoicamente los embates de una melancolía desmadrada.
"No voy a caer en la trampa de
la nostalgia", se dijo a si mismo tratando de creer lo que acababa de decir, sin
embargo en el fondo de su ser dudaba profundamente de que fuese capaz de ganar
esa pelea.
Entrando al club, después de cruzar el puente sobre el arroyo eterno, saludó
a los mismos personajes de siempre, que hacían lo mismo de siempre, mientras él
miraba los mismos barcos de siempre. Todo estaba igual, salvo que ese día no
seria igual, ese era un día especial.
En el bar lo estaría esperando Christian Weitzer. Habían convenido
encontrarse en el lugar a las 9 de la mañana.
Paco entró caminando algo distraído, sin siquiera notar que el lugar
estaba vacío. Los mismos pensamientos y recuerdos que lo asaltaron en el auto
estaban ahora librando su batalla más intensa, macerando en él una sensación
de desconsuelo pavorosa, un vacío y una soledad como jamas había sentido en
los últimos tiempos.
Así recordó aquel lejano domingo de verano en que quedaron
varados en el
medio del río hasta pasada la medianoche. Recordó también el día alborotado
y festivo en que el barco fue botado. ¡¡Cuanta emoción y cuanto orgullo!!
¡¡Cuanta
ilusión!! Un futuro de incontables y maravillosas singladuras se insinuaba
seductor ante su mirada ansiosa.
Luego de sentarse en una banqueta alta frente a la barra despojada, pidió
lo de siempre, un cortado y un par de medialunas. El bar estaba invadido por la
luz tenue de la mañana y el aroma suave del café recién hecho que conferían
al lugar una atmósfera acogedora, casi
encantada.
Mientras ojeaba un diario sin demasiado interés, pensativo, casi con la
mente en otro lado, recordó el día que tomó la decisión que en minutos se
convertiría en realidad. También recordó las chicanas y las trampas del corazón,
que debió sortear para llegar a aquel momento que alguna vez pensó tan lejano.
Fue un sábado a la mañana cuando después de cuatro largos meses en tierra
subió por primera vez al barco que tanto añoraba, el cual tanto navegaba en
sus sueños más tiernos.
Era una mañana nublada, el clima estaba muy pesado, el cielo amenazaba
desde hace algunos dias, y finalmente desagotaría sus entrañas descargando
toda su furia en un aguacero arrasador.
De un vistazo inquisidor recorrió toda la cubierta, descubriendo lleno de
espanto que los marineros habían dejado mal puesto el cabo de amarre,
arrancando de cuajo el portaespías y con él metro y medio de regala.
Fue ese el instante mortal, fatídico donde la magia se rompió, en el que
la complicidad se terminó y cuando el hechizo se conjuró.
Fue ese el instante en que los espejitos de colores trocaron brutalmente en
filosas astillas de cristal, fue
ese el instante en que la ilusión se
transformo en desazón y el tedio le ganó a la fascinación.
Así, Paco acababa de tener la
certeza intima e irremediable de que ya nada seria igual, de que aquel lugar que
había sido su refugio intimo e inexpugnable, ahora era tan solo un barco viejo
y problemático, ya no sería nunca mas el lugar donde siempre quería estar.
El desencanto fue atroz, inapelable, fue el tiro de gracia a una sensación
que venia rondando, merodeando como un fantasma que no se atrevía a mostrarse
enteramente, y que siempre terminaba desvaneciéndose disipado por las
agradables brisas de infinitas tardes
de verano y las mieles de incontables momentos incubados al abrigo de aquella
pintoresca embarcación, “Tu barquito pedorro”, como le decía su mujer con
un tierno sarcasmo, cargado de complicidad y comprensión.
El agua acumulada en la sentina durante todo el verano tenia un color oscuro,
amarronado, sin embargo no era agua de río, era agua de lluvia, la carpa ya era
vieja y Enero fue un mes de mucha lluvia. Obviamente el motor no funcionaba y
los cuatro meses de abandono habían convertido el lugar en un refugio
irresistible para cientos de alborotadas cucarachas.
Tanta agua en el interior del barco no sorprendió a Paco, pero sí el
conjunto de todas aquellas pequeñas tragedias se convirtió por un segundo en
una visión apocalíptica y demoledora, que finalmente logro fastidiarlo
enormemente hasta sepultarlo en el escepticismo más agrio.
~
Christian Weitzer entró al bar donde Paco lo esperaba regodeándose en el
barro espeso de sus pensamientos. Era un tipo alto, flaco de unos 60 años. Vestía
unos jeans gastados, camisa escocesa y botitas de gamuza maltratadas por el
tiempo. Tenia un bigote largo y canoso y la marca indeleble de una vida buena
estampada a fuego en la cara tranquila.
-
"¿Paco?, Soy Christian" - disparó sin piedad con un sutil pero aun
perceptible acento chileno, redomado por
los ya largos años vividos lejos de la patria natal.
-
"Si, contestó Paco" - sintiendo
que aquella presentación hacia inevitable el desenlace, enterrando
definitivamente toda secreta esperanza de que algun suceso imprevisto revirtiera
lo que parecía ya irremediable y efectivamente estaba a punto de suceder.
-
"Perdón por la demora" - contestó
Christian Weitzer, es que tuve algunos inconvenientes para encontrar el lugar
comentó, confirmándole a Paco su impresión inicial de que se trataba de
alguien ajeno al pintoresco y escondido mundillo de los barcos.
En efecto Weitzer era carpintero desde
siempre. Hijo de granjeros alemanes,
y venido hace unos 35 años desde algun pueblo sin destino ni memoria incrustado
entre los cerros boscosos de algún lugar al sur de Chile, aprendió el oficio
en esta tierra y ya nunca volvió a la suya, puesto que ahora ésta era la suya.
Mientras tomaba café negro a sorbos cortos y pausados, sin prisa, le confesó
a Paco que nunca en su vida había navegado, en el fondo siempre le había dado
miedo, siempre prefirió la hermética seguridad de su taller, aquel mundo
cargado de aromas, un mundo de tablas y aserrín. Sin embargo admitía sentir
cierta admiración por los hombres de mar, precisamente por que tenían la
capacidad de enfrentar aquel
sentimiento de temor que a él tanto atormentaba.
Paco por su lado le confesó que siempre hubiese querido ser un carpintero,
admiraba profundamente y hasta cierto punto envidiaba a esos viejos artesanos
que ponen su propia alma en cada uno de sus muebles. Sentía una atracción
irrefrenable por la nobleza de su labor y la simplicidad de su vida, por la
eternidad de su obra. Sin embargo nunca había podido realizar este sueño y
sabia íntimamente que ya no habría tiempo para hacerlo.
Pocos minutos mas tarde, ambos habían terminado su café, también habían,
casi sin darse cuenta terminado de desnudar sus más antiguos e intimos anhelos,
devenidos en simples proyectos marchitos y ganados por el oxido a esta altura.
-
"Vamos" - dijo Paco repentinamente, cortando la charla cordial que se había
entablado, como queriendo dar prisa al mal paso, acorralado por la ansiedad
repentina.
-
"Ok"- contestó Weitzer, sin entender demasiado el súbito cambio de ritmo
– "cuando quieras". Es que no percibía que todo esto era doloroso para Paco,
quien no estaba dispuesto a zozobrar en el propio naufragio de su nostalgia.
Así, tomaron la lancha que debería cruzarlos hasta la
amarra. Era una
vieja embarcación blanca, conducida magistralmente por Cándido Ramos, un
marinero remanido y eterno, que probablemente trabajara para el club desde antes
que este mismo existiera.
Ramos cruzó el arroyo rápidamente apoyando suavemente el casco de su
lancha contra el del barco, sin la menor
agitación, como lo había hecho tantas otras veces. Los pasajeros bajaron, Paco
observaba con algo de fastidio como Christian Weitzer luchaba torpemente para no
sucumbir en el intento, manteniendo un pie en la lancha mientras afirmaba el
otro sobre la cubierta del barco.
Cualquiera podía ver fácilmente su falta de experiencia en estos temas de
muelles, amarras y corrientes. Finalmente logró poner ambos pies sobre cubierta,
gracias a la pericia del viejo Cándido Ramos y una mano oportuna de Paco, quien
lo salvo de terminar desahuciado, sumergiéndose en el ridículo inapelable de
un chapuzón.
Lentamente Paco comenzó a sacar la carpa del barco, aquella que
cosiera
tiempo atrás Germán Reyes, lonero y fabricante de velas de años en la ribera
del Bajo de San Isidro.
Reyes era todo un personaje, algo pintoresco, demasiado para el gusto de
Paco y no muy afecto al trabajo y al rigor que imponen sus compromisos. En rigor
de verdad, Paco nunca lo hubiese elegido para encargarle ese trabajo, pero en
aquel momento no tuvo alternativa. Es
que el precio que cobraban los loneros serios en el Bajo era inalcanzable para
las exhaustas arcas del pobre Paco, luego de la compra del barco y su motor, un
viejo Johnson 4 HP que vivía mas en el taller que en el agua.
~
Si bien los barcos son conocidos como cuna de innumerables tradiciones
marineras, tales como no rascar la base del palo mayor invocando mayores vientos
o los obligados rituales relacionados al cambio de nombre, a bordo
de éste, existían pocas tradiciones. Una de ellas, creo la mas arraigada
entre la tripulación, era la que imponía la necesidad de nunca mencionar lo
bien que estaba funcionando el motor, “el viejo Johnson”, como solían
apodarlo, confiriéndole de alguna manera una personalidad definida y
comportamientos casi humanos. Y es que con el tiempo todos llegaron a coincidir
que un motor tan mañoso e impredecible como aquel, era lo mas parecido a un
anciano malhumorado que podía concebirse.
Una tarde de Enero, Paco navegaba junto a su mujer y Nicanor, uno de sus más
fieles tripulantes. En esa oportunidad el viejo motor estaba recién reparado
por Abelardo, el excéntrico mecánico - filosofo, hijo de inmigrantes gallegos
que tenia su quirúrgico taller en el partido de 3 de Febrero, a millones de kilómetros
del río.
Todo transcurría apaciblemente, el barco recostaba su banda suavemente
sobre un río sereno hilvanando racha tras racha, tragando lentamente las millas
que quedaban hasta el club.
La tarde era perfecta, había sol, viento, música y amigos. En algún
momento, y cargado de una inocencia casi imperdonable Nicanor suelta como una
descarga de metralla el comentario que dispararía
la tragedia:
-
"¡Qué bien esta navegando el barco!, ¿no?" -, suelta irresponsable y
alegremente.
Automáticamente y casi como una sola voz, Paco y su mujer dijeron
-
"¡¡¡NOOO!!!" – convencidos de que la fatalidad ya había sido invocada, y que
irremediablemente algo sucedería en cuestión de minutos.
Esta certeza, se convirtió en realidad cuando instantes después
se sintió un crujir mortalmente violento, desgarrador. Evidentemente
algo había cedido en el aparejo, todos miraban hacia arriba buscando con
desesperación pétrea cincelada en la cara.
Paco al timón, mantuvo la calma que el capitán debe siempre conservar,
ordenó rápidamente arriar las velas, lo cual hicieron algunos con más oficio
que otros. Finalmente pudieron salvar el aparejo, sin mayores consecuencias para
el barco.
Uno de los bulones que arraigan los obenques a la cubierta había cedido,
dejando al aparejo navegando sólo increíblemente sostenido por un tornillo que
milagrosamente no cedió.
Después de algunos instantes que transcurrieron
enredados entre ordenes, contraórdenes y algo de nerviosa zozobra, Paco
y los suyos lograron poner el barco en orden, improvisaron obenques de fortuna
con un par de drizas y dispusieron rápidamente
el regreso al club en rumbo directo y a motor.
Después de algunos minutos todo parecía bajo control, pero en realidad
el maleficio no habría sido totalmente conjurado. El barco navegaba
lentamente ganando trabajosamente la boca del canal.
-
"¡Qué bien anda el motor!, ¿eh?" - Dice
Nicanor desafiando nuevamente las fuerzas de la desgracia, que ya habían dado
muestras despiadadas de su rigor e intolerancia.
-
"Acabás de decir lo que nunca hay que decir"
– dijo ella algo fastidiada ya, y miró a Paco mientras ambos esperaban
con resignación, y casi como una sentencia sin indulto posible, las
consecuencias trágicas de aquella observación de Nicanor.
Automáticamente un ruido espantoso surgió de las entrañas mismas del
antiguo aparato. Era el viejo malhumorado, que después de quejarse dejó de
funcionar empacándose como una mula vieja.
Al cabo de numerosos intentos, Paco frustrado y agotado, decidió renunciar
a la ilusión inerte de hacerlo arrancar, ganando en él un impulso volcánico y
salvaje de echar a ambos por la borda, al viejo Johnson y al pobre de Nicanor
que miraba atónito con la cara de quien se sabe sentenciado a muerte.
~
Después de enrollar y guardar prolijamente
la carpa, Paco comenzó a mostrarle a Weitzer el funcionamiento del barco en
todos sus detalles. Paco tomaba todo el tiempo del mundo para explicarle a su
lego acompañante para qué servía
hasta el mas insignificante cabo, deteniéndose en cada uno de los herrajes,
motones, grilletes, cornamusas y demás dispositivos, confundiendo
inconscientemente al pobre Weitzer con
términos y explicaciones pomposas que el sabia no podría comprender.
Tal vez
sin darse cuenta intentaba alargar el momento lo máximo posible, esperando
aquel acontecimiento extraordinario que lo rescatara de lo irrescatable, y también
tal vez sin darse cuenta intentaba de alguna manera humillar al pobre carpintero,
tratando de ganar la batalla fácil del ridículo ajeno, sumiéndolo en el
abismo de lo desconocido, en un intento patético y desesperado por exorcizar su
propia frustración.
Sabía que él probablemente nunca
sería carpintero. Jamas podría construir uno de esos muebles mágicos en los que la
madera respira aromas de historias pasadas y cuenta fábulas de bosques
encantados, mientras que aquel hombre común, el de la cara signada por una
buena vida que alguna vez abandonó al sur de Chile, estaba a punto de convertirse
en marinero.
Así las cosas, llegó el momento en que todo
estaba listo, no había alargue posible. Luego de dar algunos últimos consejos,
Paco miró por ultima vez a su viejo amigo, el que fuera cómplice de infinitos
momentos, el que fuera el único lugar donde siempre quería estar, recorriéndolo
lentamente de proa a popa con la mirada atenta, como una madre revisa a su hijo
antes de que salga a la calle, a la escarcha del invierno brutal.
A medida que hacía esto, un nudo se apretaba
fuertemente en su garganta. Paco hacía grandes esfuerzos para reprimir las lágrimas
que cubrían sus ojos con chubascos y su alma con un otoño gris y triste.
Ya desde la marina flotante, Paco
vió como
Christian Weitzer encendió al viejo Johnson, que irónicamente esta vez arrancó
sin perezas ni protestas, como si se tratara de un niño inocente y obediente y
no de ese viejo cabrón que siempre había sido.
Paco ayudó al viejo carpintero soltando los
cabos de amarre, primero el de popa, luego el de proa fingiendo una indiferencia
y frialdad sobreactuadas que en el fondo no eran ni más ni menos que el
pavoroso claroscuro con la brasa candente que consumía su ya escaldado
interior.
Christian Weitzer zarpó
lentamente. Debía
llevar la embarcación hasta el puerto de La Plata, una travesía de unas
treinta millas náuticas, algo larga y complicada para un barco de aquel porte y
para un novato como él. En algun momento le propuso a Paco que lo acompañara
en el viaje pero este prefirió no acompañarlo en resguardo de su maltrecho
estado emocional. Aquel viaje sería mas de lo que podría soportar, y siempre
fue un tipo de los que preferían las despedidas cortas, sabiendo que los
recuerdos estaban a salvo, y que nadie podría saquearlos ya.
Después de la virazón, bañados amablemente
por las últimas luces de la tarde, y en medio del ajetreado movimiento de
barcos volviendo al puerto manso, Paco quedó parado en la balsa, sintiéndose más
triste, mas vacío y más solo que nunca, viendo como la silueta del barco se
alejaba lentamente, recortada sobre los rosas furiosos del atardecer sereno.
Encendió un cigarrillo, observó una bandada
de cardenales buscando refugio en un sauce cansado, dio dos largas pitadas, y
dejo por fin salir un par de lágrimas sobre sus mejillas frías,
diciendo exhausto:
- "Adiós compañero, gracias
por tanto, buenos vientos" - y pensó algo frustrado, pero con el corazón tranquilo, que
finalmente la melancolía le había ganado la pelea, era el precio que siempre
supo que tendría que pagar para cerrar aquella etapa de su vida, un tiempo
bueno.
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